El jefe de Gabinete provincial, Sergio Camacho, apuntó contra el exfuncionario de La Libertad Avanza, acusado de corrupción, pero “olvidó” que sus diputados lo protegieron en el Congreso.
La idea del saencismo de “fingir demencia” quedó expuesta. Mientras señalan con el dedo a los funcionarios nacionales en Salta, sus legisladores los defienden en el Congreso. Es lo que sucedió, por ejemplo, con Manuel Adorni, el ahora exjefe de Gabinete: mientras Sergio Camacho ahora apuntó contra el libertario, los diputados nacionales Pablo Outes y Yolanda la “dipumuda” Vega ayudaron a blindarlo. Camacho prefirió “olvidarse” de esa escena incómoda.
No es la primera vez. El libreto se repite con precisión: declaraciones altisonantes en la provincia, tono crítico ante los micrófonos locales y, puertas adentro del Congreso, una obediencia que no se discute. Lo que en Salta se presenta como distancia política, en Buenos Aires se traduce en acompañamiento disciplinado.
El caso Adorni expone con crudeza ese doble juego. Mientras el escándalo crecía y las explicaciones no aparecían, el oficialismo salteño tuvo la oportunidad de marcar un límite. No lo hizo. Optó, una vez más, por garantizarle al gobierno nacional el margen necesario para esquivar controles y evitar costos políticos. Costos que ahora asume el propio saencismo.
En este contexto, Camacho dijo que la salida del polémico Adorni “trajo alivio” y que el dirigente acusado de corrupción “no tenía capacidad de gestión”. Poco dijo Camacho de esas causas que obligaron al Gobierno de Javier Milei a pedirle la renuncia.
La incomodidad se intenta disimular con críticas tardías, casi de compromiso. Como si alcanzara con levantar la voz después de haber sostenido el andamiaje. Como si la memoria fuese tan corta como para no registrar quiénes dieron quórum, quiénes evitaron interpelaciones y quiénes eligieron mirar para otro lado.
En ese esquema, las palabras de Camacho empiezan a perder peso. Porque no hay discurso que resista cuando los hechos caminan en dirección contraria. Y en política, sobre todo, los gestos valen más que las declaraciones.
El problema es que el saencismo parece haber naturalizado esa contradicción. Decir una cosa y hacer otra ya no genera tensión interna, sino que se convirtió en método. Una forma de administrar costos en dos territorios distintos, aunque cada vez más difíciles de separar.
