Esta noche, mientras una llovizna fría, fina y obstinada cae implacablemente sobre las calles, una escena se clava en mi conciencia con la violencia de un golpe seco: un cuerpo tendido sobre el hormigón helado, justo frente al patio de recreo de la Escuela Jacoba Saravia justo en frente a la residencia oficial del gobernador.
No estaba muerto, a Dios gracias, pero sí estaba atravesado por esa fragilidad absoluta que lo deja a merced de todo. Fue un choque brutal, una irrupción incómoda que me arrancó de la rutina y me arrojó de golpe ante ese abismo invisible que separa nuestra vida abrigada de la intemperie cruel que soportan, cada día, miles de personas, y que van en aumento.
No fue un episodio más. No fue una anécdota. Fue como mirarse en un espejo roto que devuelve una imagen distorsionada, cruda y dolorosa de nuestro propio país. Hemos aprendido, o nos han enseñado, a pasar junto a quienes viven en la calle sin mirarlos, como si fueran manchas en el paisaje urbano. Ya no los vemos como personas con una historia, con profundos dolores y recuerdos, sino como estorbos, como ruidos molestos en nuestro camino. Nos inquieta su mirada, nos incomoda la palabra que tal vez nos dirijan, nos agrede el olor que arrastran de la calle, del viento y la intemperie. Y así, sin darnos cuenta, perfeccionamos un mecanismo perverso, el de volverlos invisibles.
Solo cuando la tragedia se vuelve obscena, cuando la muerte se despliega a la vista de todos en plena calle, algo nos sacude… pero es un estremecimiento fugaz, casi hipócrita. Una lágrima sobre el cadáver que no calma la sed del que aún vive. Un acto de piedad estéril que nunca cuestiona las estructuras que empujaron a esa persona hasta el borde de ese abismo.
Y hoy, al mirar a esa persona me arde una pregunta que no se apaga: ¿dónde están los recursos, inmensos, que el Estado recauda cada mes bajo el peso de nuestros impuestos?, ¿cómo puede ser que en ese río de dinero no haya ni una corriente mínima destinada a dar dignidad, no limosna, a quienes viven en la intemperie?, ¿cómo es posible que sea moral y legalmente aceptable que alguien viva a la intemperie?, ¿no es acaso la función primordial del Estado garantizar la vida digna de todos, sin excepción?
Que existan personas durmiendo en la calle, con el frío y el hambre como compañeros de noche, es un estrepitoso y rotundo fracaso humano y político. Peor aún, es una renuncia cobarde a la esencia misma de la política, que es proteger a los más débiles.
Porque esto no es un castigo divino ni una fatalidad meteorológica. Es el resultado de decisiones concretas, de prioridades económicas y políticas que excluyen, que concentran la riqueza y desechan personas como si fueran desperdicio. Cada cuerpo tendido sobre la acera es una acusación muda contra nuestra indiferencia, un recordatorio de que nos hemos fragmentado de tal forma que hemos olvidado que compartimos destino.
La única salida, la única forma de redimirnos de este desastre, es la organización consciente y solidaria de la comunidad. El peronismo, del cual salieron todos los gobernantes de la Provincia de los últimos 30 años, y del que tanto reniegan hoy día, tiene la respuesta a esto.
Y aquí no hablo de cualquier peronismo. Hablo del peronismo verdadero, no del que se pronuncia para ganar un lugar en las listas electorales, o balbucea la marcha, o recita eslóganes trillados, sino del que tiene la certeza que el pueblo se salva solo a través del pueblo, pero organizado. La justicia social no es un regalo caído del cielo; es una conquista que se arranca con unidad, movilización y perseverancia. No esperemos a llorar por los muertos y empecemos a luchar por los vivos.
Que la imagen de esa persona frente a la Escuela Jacoba Saravia, bajo la lluvia y el frío de esta noche, no se pierda en la comodidad falsa y tibia de nuestra memoria. Que sea un golpe seco, un martillazo que nos despierte y nos empuje a preguntarnos ¿qué haremos, juntos, para exigir políticas que erradiquen el hambre, la pobreza y la indigencia?, ¿cómo romperemos las cadenas invisibles que nos separan del dolor ajeno?, ¿cuándo transformaremos la conmoción individual en una fuerza colectiva capaz de romper la rueda del destino?
Ese mismo frío que cala los huesos de quienes duermen en las calles es el que congela nuestra humanidad cuando aceptamos su existencia como algo normal. La llovizna que esta noche limpia el asfalto no alcanza para lavar nuestras malogradas conciencias. El calor que necesitamos para fundir el hielo de la exclusión no vendrá de discursos vacíos ni de gestos aislados, sólo puede nacer de la lucha organizada, de la acción común, de un país donde la vida digna no sea un privilegio, sino un derecho.
Organicémonos. Exijamos. Construyamos. Porque en ese rostro marcado por el abandono y la miseria está, al mismo tiempo, el reflejo de lo que hemos perdido como seres humanos … y la promesa de lo que todavía podemos ser, si tenemos el valor de luchar juntos. Es ahora.
Por Flavio Gerez
