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domingo, junio 28, 2026

Fin… a la vanidad personal de político fabricado por los Milei

El texto de la renuncia de Manuel Adorni a la Jefatura de Gabinete es un excelente caso de estudio de comunicación política defensiva, donde el tono empleado y la oportunidad elegida para presentarlo lo muestran controlando la caída estrepitosa de su imagen política y ciudadana. Eso se llama control de daños aquí y ahora.

Su terca permanencia en el gobierno bajó la popularidad de Milei duró poco. Las encuestas convencieron a la casta de que la vida de ésta sigue sin Adorni y decidió echarlo. Ya no lo necesita ni como vocero, ni como jefe de gabinete, ni como entorno de los Milei.

Adorni, una estrella en ascenso acelerado y también en rápida caída, redactó una renuncia desde la autoestima desmedida, usándola de escudo para defenderse de las críticas hasta de los aliados. Es una renuncia demasiado melosa para consigo mismo. Se adjudica el sacrificio de un mártir de la función pública y toma la retórica de la “superioridad moral” para creerse distinto a cualquier plebeyo que anda a pie.

Aún con las autopercepciones gloriosas que atribuye a su misión en el gobierno, está preocupadísimo porque el que lo investiga puede pedirle el procesamiento por presunto enriquecimiento ilícito y evasión.
La carta-renuncia quiso “ir en contra de los deseos del Presidente”, según escribió. Para que no queden dudas de su ego inflado por el gran aprecio que recibió de parte de Karina Milei, afirmó que por primera vez va “en contra de sus deseos” (los de Milei).

Su vanidad personal de político fabricado por los Milei no le deja sentirse eyectado por sospechas de corrupción; al contrario, cree ser un elemento tan valioso e indispensable que el propio presidente se resistía a dejarlo ir.
La carta-renuncia hace algunas ficciones con la realidad que atraviesa su vida actual: se considera «víctima de la carnicería» mediática de la Argentina a pesar de que sus declaraciones juradas están llenas de inconsistencias.

Narra cómo las críticas de los medios afectaron a su mujer, sus hijos, vecinos y amigos. En esa lista de “víctimas” no olvidó a nadie.

Quiere convencer al país de que no renuncia por haber fallado éticamente, sino porque su integridad es «excesiva» para soportar la crueldad del sistema mediático («me han tratado de delincuente… sin un solo hecho de corrupción»). Fiel a su estilo soberbio desde la época de vocero, cierra su texto de alejamiento del gobierno con su clásico «Fin.».

Ese “Fin” no es otra cosa que el truco de quedarse siempre con la última palabra, cancelar la posibilidad de debate (e incluso bloqueando los comentarios en redes sociales). Es el gesto final de quien quiere demostrar que maneja los hilos y el punto final de la conversación.
Su egolatría aumentada en las alturas del poder y en las mieles de creer que posee el supuesto dominio sobre los periodistas de la Casa Rosada, no le permitían pensar en su renuncia como el fracaso de la ejemplaridad política y de la gestión.

Adorni fue la mancha de aceite en el gobierno; sus compañeros de gabinete lo sentían un piantavotos de primera. Era un coronel caído en desgracia que la casta ya no quería para su batalla cultural.

En la historia del mileísmo se lo recordará como al patrimonialista de dólares acumulados clandestinamente y al moralista que colocaba muy alta la vara de la política.

Adorni partió definitivamente al ostracismo. No a aquel que vivieron algunos pensadores de la Grecia antigua, sino a uno más cruel y silencioso: el que no se dicta en tribunales ni ágoras, sino en la memoria de la opinión pública.

Adorni hoy es el ejemplo, por excelencia, de los políticos voraces por la riqueza sospechosa y por el consumismo desmedido.

Hasta que se pierda de las tapas de los diarios, será recordado solo por su audacia y temeridad en el uso de la verborragia oficial, ofrecida cada mañana en la sala de prensa de la Casa Rosada.

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