Sáenz y sus legisladores apostaron a sostenerlo hasta el final y evitar que dé explicaciones. Pero la jugada duró menos de una semana. El Gobierno nacional lo soltó y los dejó expuestos.
El operativo fue claro: no dar quórum, cerrar filas y evitar que Manuel Adorni tenga que sentarse frente al Congreso a responder por las denuncias de enriquecimiento ilícito. El saencismo jugó fuerte, sin matices, como ya lo viene haciendo cada vez que la Casa Rosada lo necesita. No fue una omisión casual ni una distracción parlamentaria: fue una decisión política.
Durante esas horas, el mensaje fue contundente. Mientras otros sectores pedían explicaciones, los diputados alineados con Gustavo Sáenz optaron por garantizar silencio. Blindar, sostener, cubrir. Evitar, a cualquier costo, que el entonces jefe de Gabinete quede expuesto en una interpelación que prometía incomodar.
Pero la apuesta tuvo patas cortas. Unos pocos días después, el propio Gobierno nacional le pidió la renuncia a Adorni. Sin épica, sin defensa pública, sin demasiadas explicaciones. El mismo funcionario que había sido protegido con tanto esfuerzo fue eyectado sin contemplaciones, envuelto en uno de los mayores casos de corrupción de los últimos años, como si nunca hubiera valido el costo político que otros pagaron por él.
Mientras la Rosada resolvía el problema con rapidez quirúrgica, el saencismo quedaba atrapado en su propia decisión. Se había expuesto para sostener a alguien que ni siquiera pudo sostenerse a sí mismo dentro del Gobierno.
Entonces, ¿para qué sirvió el blindaje? ¿Qué ganó el oficialismo provincial con ese gesto de alineamiento extremo? La respuesta, por ahora, parece ser ninguna. O peor: quedó pegado a una defensa que duró menos de lo que tarda en enfriarse una sesión caída.
Lo que sí quedó es la mancha: haber evitado que se investigue, haber contribuido a esquivar controles, haber actuado como escudo en medio de denuncias graves. Un antecedente difícil de explicar cada vez que desde ese mismo espacio se intente señalar la corrupción ajena.
