8.1 C
Salta
miércoles, septiembre 16, 2026

La creatividad de las Madres

En el marco una investigación doctoral sobre el balance entre la profesión y la maternidad de bailarinas de tango y bailarinas de contemporáneo, se analizó los posicionamientos de estas mujeres como madres y bailarinas podían entrelazarse, retroalimentarse y convivir en un mismo proyecto de auto-realización. Por Juliana Verdenelli(*)

Aunque la invisibilización de la maternidad daba cuenta de un criterio central de reproducción de desigualdades entre varones y mujeres en los circuitos dancísticos estudiados, concluí que la experiencia materna también podía constituir un recurso habilitante para la acción y la creación artística.

¿Quién nos dijo que criar no es un hecho creativo? Las tareas de cuidado infantil suelen ser desvalorizadas e invisibilizadas, pensadas como rutinarias, simples y poco importantes. En este sentido, parece que fueran esencialmente incapaces de generar ideas creativas que, eventualmente, puedan circular, trasladarse o retroalimentarse con otros ámbitos de la vida cotidiana. El pensamiento habitual no imagina, por ejemplo, a una artista siendo creativa en situaciones domésticas ordinarias. Menos aún que la inspiración para una obra pueda aparecer mientras baña a sus hijos, los alimenta o juega en el piso con ellos.

Sin embargo, durante mi etnografía observé cómo las bailarinas madres resolvían de maneras imaginativas situaciones cotidianas vinculadas al cuidado infantil y ponían en práctica un “ida y vuelta” entre el arte y la maternidad de múltiples formas: seguían las fantasías de sus hijos e hijas tratando de ampliar lo que estaba ocurriendo, les proponían bailar emociones o moverse como animales, fabricaban cosas con objetos ordinarios, usaban objetos para otras funciones, improvisaban pequeñas danzas a partir de la combinación de movimientos simples, inventaban juegos para trasladarse por el espacio, sugerían exploraciones rítmicas o sensoriales, etcétera.

Cuando les preguntaba por la creatividad implicada en esas escenas, muchas respondían cosas como: “criar a mis hijos es lo más creativo que hice en toda mi vida”, “para mí [maternar] es el desafío creativo más grande que tuve, aunque lamentablemente nadie lo ve así”, “hay que ser muy creativa para estar criando y poder hacer otras cosas”, “jugando con mi hijo aflora mucho material que después uso para componer”, “tengo muchas ideas cuando juego con mi hija, para mí es como una usina creativa”. Para otras esta creatividad cotidiana pasaba inadvertida. Se sorprendían cuando reparaba en la originalidad de alguna acción o no entendían qué era lo que veía de especial en eso que hacían.

Partiendo de la teoría del etiquetamiento propuesta por Howard Becker, concluí que estas situaciones cotidianas de las artistas madres mostraban que lo que escasea no es la creatividad, sino el acto de etiquetar algo como creativo. Los actos creativos suceden todo el tiempo, en todas partes. El problema no es, entonces, la ausencia de creatividad, sino dónde la buscamos, quiénes juzgan a los productos o a las personas como creativos y en qué principios se basan estos juicios.

Tal como sostiene Becker, el acto clasificatorio es, siempre y necesariamente, un acto imbricado y definido socialmente. Al mismo tiempo, las personas juzgan a sus “propias producciones o actividades como originales, imaginativas y creativas; o –en la dirección opuesta– como estúpidas, tontas e inútiles”.

Es cierto que la creatividad puesta en juego por las bailarinas madres también escondía relaciones de poder entre varones y mujeres. En una abrumadora mayoría de los casos, estas mujeres eran las principales responsables del cuidado infantil. Ellas eran las que tenían que trabajar medio tiempo, las que tenían agendas laborales más flexibles, las que trabajaban en sus casas o cerca de ellas, las que faltaban a sus trabajos cuando sus hijos e hijas se enfermaban o las que los llevaban con ellas cada vez que podían para aprovechar la ocasión.

Muchas de estas desigualdades preexistentes se profundizaron en el marco de la pandemia de covid-19. El aislamiento social, preventivo y obligatorio trastocó, aún más, las fronteras entre el tiempo de trabajo y el tiempo de cuidado en las vidas cotidianas de las bailarinas madres. Ellas tuvieron que reorganizar los usos espacio-temporales del hogar, encontrar nuevas formas de educar a sus hijos e hijas, reformular sus proyectos personales y repensar sus prácticas artísticas o docentes desde la virtualidad.

Si bien aún es muy pronto para saber cómo impactará esta prolongada experiencia de aislamiento y distanciamiento social en las subjetividades, las oportunidades laborales o las micro-resistencias cotidianas de estas mujeres, la pregunta por los futuros posibles parece inevitable.

En la actualidad los feminismos locales están jugando un papel muy relevante para politizar lo personal también en el arte, para recuperar el vínculo del arte con la vida cotidiana, para visibilizar las desigualdades sexo-genéricas dentro de estos circuitos profesionales y para hacer lugar a otras formas de expresión estética que sean capaces de interpelar nuestros mundos conocidos y posibilitar otras formas de subjetivación.

En este contexto, algunas artistas comienzan a mirar con ojos renovados la normalidad anterior, a poner en tensión los dilemas materno-dancísticos, los modelos hegemónicos de artista y de madre, la separación de esferas propia de la modernidad y las lógicas de precarización laboral del capitalismo tardío. En este sentido, puede afirmarse que el aura social que rodea al arte es similar al aura social que rodea a la maternidad. Se trata, en definitiva, de trabajo disfrazado de abnegación, amor y entrega desinteresada.

La mayoría de las bailarinas madres que participaron de mi estudio no saben de “cuartos propios” para la creación ni creen en el tipo de inspiración artística “que baja”, de golpe y de la nada. Por el contrario, muchas piensan que la creatividad es una búsqueda activa y dialógica. Un estado de apertura que involucra la puesta en marcha de múltiples estrategias y resistencias cotidianas para seguir creando. Que se superpone, se hilvana, se mixtura, se negocia y se tensiona con sus tiempos de cuidado infantil y sus espacios domésticos.

Por eso, algunas artistas empiezan a fantasear con una vuelta diferente. A imaginar una nueva normalidad que incorpore otras temporalidades. Que le de valor a la detención del puerperio para que algo nuevo pueda suceder. Que ponga en el centro de la escena la importancia social, política y económica de los cuidados. Que revele, finalmente, que las madres somos el engranaje invisible de una máquina que se construye a expensas de nuestro trabajo, esfuerzo y creatividad.

 

(*) Magíster en Antropología Social (FLACSO) y doctoranda en Antropología Social (IDAES-UNSAM).

Más Leídas
Noticias Relacionadas

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí