Intervenido, vaciado y sin conducción clara, el peronismo salteño observa desde lejos cómo el PJ bonaerense se reacomoda mientras en la provincia el partido se fragmenta y nadie logra conducir la interna.
El proceso de degradación política del Partido Justicialista en Salta no es nuevo, pero en los últimos años alcanzó un punto difícil de disimular. La llegada de dirigentes del entorno saencista con pasado peronista terminó de vaciar al partido de contenido, identidad y proyecto. Ocuparon los lugares de decisión, negociaron cargos en listas o en el Ejecutivo y dejaron al justicialismo reducido a una estructura sin alma.
Los nombres son conocidos. Pablo Outes, Pamela Calletti y la diputada Yolanda Vega, silenciosa en el recinto, pero elocuente al votar, acompañan sin fisuras las iniciativas de La Libertad Avanza en el Congreso. Son apenas algunos ejemplos de una dirigencia que, en los hechos, funciona como soporte territorial de un proyecto político ajeno a cualquier tradición peronista.
Ese vaciamiento desembocó, casi inevitablemente, en la intervención del PJ salteño dispuesta por el partido nacional en febrero de 2025. Una decisión impulsada por Cristina Fernández de Kirchner que, lejos de ordenar, expuso la desconexión entre la conducción porteña y la realidad política del norte. Designar a Sergio Berni y a “Luchy” Alonso como interventores fue una apuesta condenada desde el inicio: dirigentes sin anclaje local, con escaso conocimiento del entramado provincial y mínima presencia efectiva en Salta.
La escena del primer día de la intervención fue ilustrativa. Berni desembarcó en la sede de calle Zuviría acompañado por Sergio Leavy. La incomodidad del “Oso” era evidente. Titular nacional del Partido de la Victoria, Leavy siempre evitó involucrarse en disputas internas ajenas a su espacio. Berni, al parecer, desconocía ese detalle. Un síntoma más de una intervención pensada desde Buenos Aires y ejecutada sin leer el mapa político local.
Mientras tanto, el contraste con la provincia de Buenos Aires es evidente. Allí, más allá de tensiones e internas, el PJ logró un proceso de normalización y reagrupamiento detrás de Axel Kicillof. En Salta ocurre exactamente lo contrario. El saencismo busca recuperar el control del partido pese a su alineamiento con Javier Milei; otro sector insiste en sostener la intervención; y un tercer grupo reclama elecciones internas para cerrar un proceso que, tras más de un año, no logró ordenar nada.
La paradoja es conocida dentro del peronismo salteño. Seguir a Gustavo Sáenz implica, en los hechos, acompañar el proyecto político de Milei. Pero al mismo tiempo no aparece una figura capaz de articular al resto, ordenar el descontento y ofrecer una alternativa reconocible. En ese juego de tensiones, el PJ provincial sigue funcionando más como un espacio en disputa que como un partido con vocación de poder.
