Terminado el Mundial y en pleno receso legislativo, la actividad política en Salta entró en una meseta llamativa: sin agenda, sin debate y con dirigentes que apenas ensayan presencia a través de publicaciones en redes.
El ruido bajó considerablemente. No por acuerdos, ni por madurez política, ni siquiera por estrategia. Bajó porque no hay nada. La política salteña atraviesa por estos días una especie de limbo cómodo: sin sesiones, sin discusiones de fondo y sin conflictos visibles que obliguen a los protagonistas a salir de su zona de confort.
El Mundial funcionó como una excusa perfecta. Durante los últimos días, la agenda pública se corrió hacia la pelota y la emoción colectiva. Y ahora, ya sin partidos ni festejos, quedó al descubierto algo más estructural: cuando no hay calendario que apure, la política local se apaga. No propone, no debate.
El receso legislativo hizo el resto. Sin la obligación de pisar el recinto, gran parte de la dirigencia optó por un perfil bajo casi absoluto. Las redes sociales quedaron como único canal de expresión, convertidas en una vidriera de saludos protocolares, fotos recicladas y mensajes cuidadosamente inofensivos.
No hay posicionamientos claros sobre la economía que golpea, ni sobre los conflictos sociales que persisten por debajo del radar mediático. Tampoco aparecen diferencias internas ni debates reales dentro de los espacios políticos. Todo parece suspendido en una calma que, más que tranquilidad, transmite desconexión.
En ese contexto, la política salteña ofrece una postal extraña: dirigentes activos, pero solo en línea. Como si gobernar, legislar o representar pudiera reducirse a mantener una cuenta actualizada.
