Este fin de semana se reunieron en la provincia de Buenos Aires unos excéntricos grupos que postulan la insólita teoría “terraplanista”. En este Congreso internacional aseguraron una vez más que la tierra es plana y que hemos vivido una gran mentira durante todo este tiempo ¿Qué argumentos tienen y por qué tienen cada vez más adeptos?
“Con extraordinarias pocas excepciones, ninguna persona educada en la historia de la civilización occidental desde el siglo III en adelante creía que la Tierra era plana», afirmó alguna vez el historiador Jeffrey Burton Russell. Mucho antes de los viajes de Colón, el griego Eratóstenes de Cirene postuló la redondez de la tierra en base a una observación hecha con la sombra de los obeliscos apostados al norte de África: señaló que, si a la misma hora uno de estos monumentos daba sombra y otro a 800 kilómetros de distancia no lo hacía, sólo se podía deber a una curvatura en la Tierra, que provocaba la inclinación de la estructura y la refracción perpendicular de los rayos solares.
Otras pruebas populares y fácilmente comprobables fueron los eclipses, los viajes alrededor del globo y, en la década de 1960, los viajes al espacio y las primeras fotografías de la tierra, no dejaron lugar a dudas.
Pero últimamente ha venido ganando peso una teoría conspirativa que habla acerca de un gran engaño al que sometieron a la humanidad durante todo este tiempo. Quienes la impulsan son conocidos como terraplanistas y gracias a las laxas redes sociales en las que circula todo tipo de información pseudocientífica, han difundido sus ideas como no lo hacían desde la edad media.
Ya en el siglo 19 hubo intelectuales como Samuel Birley Rowbotham, que fundara la Astronomía Escéptica, y que viajó por Europa llevando sus ideas contra la redondez de la Tierra. Otros grupos de aquella época lo acompañaron y, subidos al impulso del irracionalismo alemán, empezaron a atacar al conocimiento científico como embrutecedor y antireligioso. Pero en un clima eminentemente positivista, su éxito fue casi nulo.
Convengamos que el escepticismo es una actitud fundamental, tanto en la aprehensión de conocimiento como en cualquier faceta de la vida. No sólo es recomendable dudar de todo lo dicho, especialmente por quienes ostentan una posición de poder o privilegio. También es obligatorio para mantener una postura crítica y, al mismo tiempo, abierta a reconocer errores e interpretar de la mejor forma la realidad. Sin embargo, el escepticismo puede confundirse fácilmente con una postura relativista y dogmática, cerrada a aceptar la naturaleza del método científico.
Así, el rapero norteamericano Bobby Ray Simmons Jr, por ejemplo, se hizo conocido en su país por sostener la teoría en cuestión, pero sus argumentos no tienen nada de científico ni escéptico. Ha escrito twits muy festejados por sus seguidores, en los que asegura haber recorrido todo el mundo “sin caerse en ningún lado” o haber subido “a los edificios más altos sin ver ninguna curvatura”. Una postura irresponsable por parte de una persona al parecer corta de mente pero sumamente influyente, en un país como Estados Unidos, en los que el 40% de los adolescentes creen que la tierra es un disco.
«Conspiraciones por doquier»
Los terraplanistas son a su vez antivacunas, pues existe una conexión entre estas creencias. Las teorías conspirativas plantean un problema para el mantenimiento de una esfera pública racional en la que las discusiones y los debates políticos se basen en EVIDENCIAS. Por el contrario, el método de estas personas es esquivar el debate frontal y sistemático con instituciones científicas y traficar sospechas por las redes, en especial en Facebook, Youtube y Whatsapp. Desprecian los argumentos en su contra con falacias ad hominem, del estilo “Esos argumentos son los mismos que los de la nefasta Nasa” o “Grandes multinacionales te adoctrinaron”. Es decir, se parte de que la Nasa es nefasta pero no se dicen los motivos ni por qué ello implicaría que el argumento sea errado.
Sin dudas, estas ideas solo han podido prosperar en una época de mucho pesimismo e insatisfacción, en la que la sociedad ha perdido fe en sus instituciones políticas, económicas y científicas. Lógicamente que ante la crisis, la crítica debe ser profunda y superadora, pero negar en bloque todo lo descubierto antes de nosotros o tacharlo de error o engaño, es una actitud sumamente egocéntrica, insegura y narcisistas, características típicas del terraplanista medio.
Es que, frente a la incertidumbre, puede llegar a ser un buen refugio la conformación de nuevas sectas de iluminados, que construyan un relato sencillo de buenos y malos en que ellos se coloquen como héroes o salvadores de una población débil de mente. Este deseo de narraciones ordenadas que ofrezcan certeza y visiones simplificadas del mundo, puede brindar comodidad y la sensación de que la vida es más manejable y que se lucha por una causa noble.
Es que, en definitiva, todo terraplanista niega que la tierra sea un planeta diminuto entre millones. Sostienen la idea de una Tierra y una humanidad especiales, no creadas por los fenómenos naturales que formaron el resto de las especies, planetas y astros. Para estos grupos, el complot que llevó a la humanidad a creer que el planeta es redondo, tiene como intención desmoralizar a los creyentes en la creación y en la valía de la humanidad.
No todo es negativo
El terraplanismo, sin embargo, puede llegar a jugar un rol positivo si es que nos sirve para aprender aún más a fondo lo que creíamos sabido. Sus impulsores han dicho, con razón, que los críticos sólo se han reído de ellos pero no han ofrecido pruebas científicas, sólo la burla y las respuestas tautológicas.
Con respecto a la sombra de la tierra en la luna, sostienen que lo que vemos es el disco planetario iluminado por el sol desde su base. Con respecto a las estaciones afirman que el sol (mucho más pequeño que la Tierra) gira alrededor del plato terrestre en órbitas irregulares que producen los cambios climáticos. Niegan el campo magnético, la gravedad, las placas tectónicas y miles de argumentos más en nombre de un empirismo vulgar del tipo «no creo en nada que no pueda ver» ¡Pero con ese criterio tampoco deberían creer que la tierra es un plato!
En definitiva, para la mayoría de las pruebas cotidianas han dado alguna respuesta, excepto quizás para una: el movimiento de las estrellas. Durante la noche, podremos ver que las estrellas se mueven circularmente en el sentido de las agujas del reloj en el polo sur y en sentido contrario en el norte. El fenómeno es fotografiado por innumerables observadores amateurs y la técnica se llama star trail: en dichas imágenes podemos ver que las estrellas dejan un rastro en el cielo y se puede hacer con casi todo tipo de cámaras.
Los que sostienen que la tierra es plana no han podido explicar hasta hoy por qué el firmamento es tan distinto en cada hemisferio ni por qué las estrellas giran en sentidos contrarios. Es un hecho muy fácil de documentar por cualquier persona que tenga algún amigo cibernético en el otro polo del planeta, siempre y cuando no creamos que sea un espía de la Nasa.
En definitiva, dudar está bien, pero sólo sirve si a esa duda se le contraponen pruebas ancladas en la rigurosidad del método científico, el cual es falible pero superable en base a nuevas experiencias.
