El apoyo unánime de los diputados salteños a la reforma laboral dejó al desnudo algo más profundo que una votación incómoda: la lenta demolición de las identidades partidarias en la provincia.
El voto favorable a la reforma laboral por parte de los autopercibidos peronistas Pablo Outes y la intrascendente Yolanda Vega no sorprendió tanto por el sentido del sufragio como por lo que terminó exhibiendo: en Salta, las etiquetas partidarias funcionan como decoración vintage. Se muestran en campaña, se guardan al momento de decidir. La escena no es nueva, pero sí cada vez más cruda. Ya no hay siquiera esfuerzo por simular coherencia.
El llamado “pragmatismo electoral” del saencismo operó durante años como una trituradora silenciosa de estructuras políticas. Bajo el liderazgo de Gustavo Sáenz, la lógica dejó de ser construir mayorías desde ideas para pasar a ensamblarlas desde conveniencias. Así fueron convergiendo dirigentes provenientes del Partido Justicialista, la Unión Cívica Radical e incluso del Partido Renovador de Salta. No se trató de acuerdos programáticos sino de una colonización que avanzó con la entrega de cargos en el Gobierno.
En ese proceso, figuras como Miguel Nanni, por solo citar un ejemplo, terminaron orbitando alrededor del poder provincial con la misma docilidad que aquellos a quienes supuestamente debían enfrentar. La oposición se volvió un gesto meramente administrativo.
Lo verdaderamente llamativo no es que Outes y Vega hayan votado una reforma impulsada por un gobierno nacional cruel y antiobrero. Lo llamativo es que los siete diputados nacionales por Salta hayan votado exactamente igual. Sin fisuras, sin matices, sin siquiera la teatralidad del disenso controlado. En el Senado ocurre algo similar. La representación provincial funciona como un bloque único, independientemente de los sellos con los que cada uno llegó al Congreso. Flavia Royó hoy parece una libertaria más. Esto último quedará demostrado el jueves próximo, cuando la salteña vote a la par de los libertarios en el Senado la Ley de Glaciares.
Esa uniformidad no surge de una coincidencia ideológica, sino de un alineamiento vertical con el poder territorial. La política provincial dejó de organizarse en torno a proyectos de país para ordenarse alrededor de un centro de gravedad local. Cuando ese centro decide, las identidades se vuelven prescindibles.
El efecto más profundo de este modelo no es la aprobación de una ley, sino la desaparición de las diferencias. Si todos representan cosas distintas, pero actúan igual, entonces nadie representa a nadie. La política se vuelve un sistema de administración de voluntades antes que un espacio de conflicto entre distintas visiones del mundo.
Marketing, encuestas, posicionamiento personal son algunas de las herramientas útiles para ganar elecciones, insuficientes para explicar por qué se gobierna de una manera y no de otra.
La pregunta que quedó flotando tras la votación no es por qué acompañaron la reforma, sino qué queda hoy de los partidos que decían encarnar. Sobre todo, en el peronismo. Porque cuando oficialistas, opositores, peronistas, radicales y provinciales coinciden sin necesidad de debatir, lo seguro es que el acuerdo no ocurrió en el recinto, ocurrió mucho antes.
