El quinto concierto del pasado 7 de abril fue un concierto dotado de una enorme carga emotiva. En primer lugar porque se realizaba en homenaje a los veteranos de la guerra de Malvinas y a sus familias, presentes en la sala, que recibieron en dos ocasiones un cálido y prolongado aplauso por parte de la audiencia, en segundo lugar porque se realizaba un estreno mundial de una obra compuesta por un salteño que también se encontraba en la sala y en tercer lugar porque se realizaba en el Día Nacional de la Zamba y unos de los movimientos de ese estreno mundial era una zamba. Por Alicia Subirana
Domingo de Ramos fue el día número cien del año en curso. En cien días la Orquesta Sinfónica de Salta ha brindado cinco conciertos. Es decir, un concierto cada veinte días, teniendo en consideración que enero es un mes perdido por las vacaciones estivales de los músicos. A fecha de hoy, cada concierto de la orquesta ha supuesto un desembolso aproximado de diez millones de pesos para la Provincia de Salta.
Mis lectores y lectoras se preguntarán por qué no hubo crítica para el cuarto de ellos. Es sencillo, decidí no acudir. Fue en señal de protesta a un concierto que tenía algo menos de media hora de música, que se brindaba en ‘otro’ espacio como la iglesia de San Alfonso al que considero no apto para brindar conciertos sinfónicos debido a sus características acústicas muy por debajo de otras iglesias de Salta y por el repertorio escogido, de escaso o nulo interés para esta crítica.
Otras orquestas sinfónicas de la Argentina están abordando repertorios muchos más audaces, como, por ejemplo, la enorme Sinfonía con órgano de Saint-Saëns que se tocó en San Juan a la misma hora, el mismo día. Entonces resulta hilarante, al borde del meme, ofrecer en Salta como único programa una sinfonía temprana de Mozart de menos de veinte minutos y una pieza breve para cuerdas de Gina Enríquez de menos de diez. ¡Como si no existieran grandes propuestas sinfónicas de compositoras mujeres! ¡Y nada menos como clausura del ciclo dedicado a la Mujer!
El quinto concierto del pasado 7 de abril fue un concierto dotado de una enorme carga emotiva. En primer lugar porque se realizaba en homenaje a los veteranos de la guerra de Malvinas y a sus familias, presentes en la sala, que recibieron en dos ocasiones un cálido y prolongado aplauso por parte de la audiencia, en segundo lugar porque se realizaba un estreno mundial de una obra compuesta por un salteño que también se encontraba en la sala y en tercer lugar porque se realizaba en el Día Nacional de la Zamba y unos de los movimientos de ese estreno mundial era una zamba.
Este concierto tuvo además una componente visual que sería injusto obviar. Tanto la solista de flauta/s, Cecilia Borzone, como el director invitado, Agustín Eckhardt, son poseedores de una indiscutible, enorme y deslumbrante belleza física, lo que en un escenario siempre es de agradecer.
Antes de proseguir quisiera hacer una reflexión que tengo pendiente desde el primer concierto. Las puertas del Teatro Provincial se cierran una vez iniciado el concierto. Es decir, una vez que la música ha comenzado. No estoy para nada de acuerdo con esto. Cuando el público entra a la sala se encuentra con la orquesta que ya está sentada sobre el escenario esperándolo, y no repara en ser todo lo bullicioso que un público normalmente es.
Esto se debería revertir y los músicos recién deberían entrar en escena cuando todo el mundo está en silencio en sus ubicaciones, con las puertas del Teatro cerradas, para poder recibir los aplausos correspondientes al entrar, cada uno de ellos. Cambiar la dinámica escénica actual, con este sencillo gesto, sería una muestra de respeto hacia los músicos de la orquesta quienes tal vez, y sólo digo tal vez, en respuesta, nos brindarían un resultado musical de mayor nivel que el exhibido hasta hoy.
El espectáculo dio inicio con el correspondiente homenaje a los veteranos de la guerra de Malvinas y sus familias que ocupaban la séptima fila de plateas. El himno nacional, en su versión en Si bemol mayor, lo dirigió, por primera vez según dijo, un Eckhardt inseguro en el tempo, impreciso en el gesto y ajeno a cualquier trabajo de los planos sonoros que requiere esta hermosa pieza de claro corte clasicista, donde los planos no son demasiado complejos, y que objetivamente, como himno nacional, es una de las más hermosas que existen en el mundo.
Esta inseguridad en el tempo por parte de Eckhardt, en ocasiones mucho más lento que lo indicado en la partitura dio lugar a un desfase, por momentos, con el público cantante que ya tiene incorporada la velocidad correcta de ejecución. La imprecisión en el gesto ocasionó que la orquesta, tuviera entradas incorrectas, como por ejemplo las maderas y la percusión.
La ausencia de trabajo en los planos sonoros dio como resultado una versión opaca y temblorosa del himno, solo alterada con las estridencias habituales de los metales y la percusión, un mal que arrastra la orquesta desde su creación, y la desigualdad sonora, tristemente también habitual, de las cuerdas que aunque tuvieron al concertino auxiliar al mando, quien desde el punto de vista técnico es claramente superior al titular, no pudieron encontrar ese igualdad sonora necesaria que esta obra requiere en las cuerdas.
Siguieron unas sentidas palabras de homenaje por parte de Sofía Pillitteri, miembro de la orquesta, y un soneto compuesto para la ocasión por el poeta y contrabajista salteño, Marcelo Sutti, antiguo miembro de la formación.
La música de Jorge Cumbo, fallecido en octubre pasado, refleja un espíritu libre capaz de combinar con maestría géneros tan diversos como el folclore argentino, el jazz, el rock, la música indoamericana y hasta la ‘World Music’, lo que lo convirtió en un pionero en la Argentina de estas sinergias de estilos. Su carrera, iniciada en 1976, ha cosechado enormes éxitos especialmente en los años ’80 junto a Lito Vitale y luego, ya en los ’90, junto a quien sería el arreglador orquestal de su ‘Suite para quena y orquesta de cuerdas’ que escuchamos el jueves pasado, el pianista Gerardo di Giusto, en el recordado Cumbo Trío.
La Suite para quena y orquesta de cuerdas de Cumbo tiene la estructura de un concierto para solista y orquesta. Esto es, dos movimientos ágiles y un movimiento lento entre ambos. Lo que ocurre que las piezas fueron compuestas independientemente en diferentes épocas de la vida del artista pero logró reunirlas como una suite, un conjunto de danzas, logrando una coherencia discursiva que le otorgan unicidad y autenticidad. Las partes de la suite son: un waiñu llamado ‘Huayno’, una milonga lenta llamada ‘Pintándome el Alma’ y un rondó sonata llamado ‘La vuelta de los tachos’, la más antigua de las tres danzas ya que fue compuesta en 1977.
La propuesta de Borzone suprimió la quena y la reemplazó con una flauta traversa diferente para cada danza, la tradicional en Do para el waiñu, una flauta contralto en Sol para la milonga y una flauta piccolo para el rondó. Si bien, desde el punto de vista visual pudiera resultar interesante, no lo fue, en mi opinión desde el punto de vista de la sonoridad. El sonido áspero, estridente y metálico propio de Borzone, que ya observamos en sus intervenciones en la fila de flautas en algún concierto pasado, se aleja del deseo del compositor, plasmado en diferentes registros, y de la sonoridad propia de la reemplazada quena. Esto se hizo mucho más evidente en la danza final. Las cadencias, compuestas por un músico de la orquesta, si mal no comprendí, creo que no tuvieron la frescura de la composición pero tampoco quedaron mal, aunque, todo sea dicho, lo que se espera de una cadencia es un despliegue virtuosístico por parte de la solista que no pude observar.
El acompañamiento que dio Eckhardt tampoco estuvo a la altura de la obra. Como dije anteriormente es impreciso en el gesto, ya sea por omisión o por exceso. Las sentadillas que realizaba para pedir pianos o pianísimos, nos dejaban ver un hermoso y turgente trasero pero no alcanzamos a escuchar nunca el piano o pianísimo que tocaba. No consiguió tampoco evitar que las cuerdas estuvieran desafinadas y desajustadas entre sí o que obtuvieran un sonido homogéneo, especialmente segundos violines y violoncelos. Tampoco podemos esperar que lo consiguiera. Eckhardt es un músico novel, poco dotado a nivel de ideas musicales, que ha trabajado poco con esta orquesta. Los problemas de desajustes, desigualdad de sonido y hasta solfeo deben ser resueltos con un trabajo que excede las dos semanas de preparación de concierto de las que dispuso. Como dije en una crítica anterior, es un trabajo de las filas, que debe ser abordado de una manera seria y profesional bajo la tutela de un buen maestro preparador del cual la orquesta hoy carece.
El cierre del concierto vino de la mano del tan esperado estreno mundial de la ‘Sinfonía Andina’ del compositor salteño Sabino Figueroa. Del mismo modo que Richard Strauss compuso su Sinfonía Alpina Op.64 como un poema sinfónico, ejemplo claro de lo que es la música programática, Sabino Figueroa intentó construir su contraparte andina otorgándole también un sentido programático, ya que cada movimiento de su sinfonía tiene un nombre y una razón de ser, y una clara intención descriptiva a través del uso extensivo del leitmotiv tomados de temas característicos del folclore nacional o la música popular, como por ejemplo la baguala, la zamba o el carnavalito, aunque, conviene aclarar, el estilo compositivo y las armonías escogidas por Sabino Figueroa se acercan más a los estilos de Béla Bartók o Anton Webern, que al de Richard Strauss.
Las cuatro partes o movimientos de esta ‘Sinfonía Andina’ son: La Norteña, Zamba para Lil Figueroa, Cordillera Andina y Monoblock Salta.
El leitmotiv de ‘La Norteña’ es la baguala pero introduce elementos compositivos propios de la música del siglo XX con una rica utilización tímbrica de todos los instrumentos de una orquesta sinfónica. La OSS ya había estrenado en diciembre de 2012 una obra de Sabino Figueroa llamada ‘La Norteña’. Es posible que al igual que hizo Jorge Cumbo con su Suite para quena, él también la haya incorporado como primer movimiento de esta sinfonía.
La ‘Zamba para Lil Figueroa’ es un homenaje a la madre del compositor. Tiene en su mayor parte la forma de una zamba pero en el desarrollo del movimiento, en la parte central, vuelve a incorporar arriesgadas disonancias y armonías que podrían hacer peligrar la coherencia interna de la pieza. Esto no llega a ocurrir por el uso de un ostinato percusivo, típico de la zamba, que consigue mantener la tensión y atención necesarias en el oyente. La dureza sonora en esta parte evocaría, a mi entender, la difícil tarea de ser madre de cuatro varones. De ahí el pequeño cuarteto de cuerdas a cargo de los solistas me pareció muy apropiado como elemento descriptivo.
El tercer movimiento, el más elaborado y largo de toda la obra, ‘Cordillera Andina’, inicia con una fuga doble a cargo de las maderas que adquiere a lo largo de la pieza una gran complejidad rítmica y sonora con la entrada del resto de instrumentos de la orquesta, cada uno con su propio timbre, y el uso de distintos ritmos folclóricos que, también a mi entender, pretenden evocar la accidentada y diversa orografía de nuestra Cordillera de los Andes.
Monoblock Salta
El inicio del cuarto movimiento es la voz en off, tomada de un mensaje de voz seguramente, del arquitecto Eduardo Larrán, proyectista del icónico ‘Monoblock Salta’ nombre de este último movimiento de la sinfonía. Se trata de un homenaje a la arquitectura y a este edificio, en donde vivió el compositor, que introduce elementos sonoros no comunes en una orquesta sinfónica como el silbato o la misma voz en off inicial pero que se aleja de la dificultad auditiva del movimiento precedente a través de melodías y ritmos tomados de la música popular en donde el compositor tiene una gran experiencia. Me he pasado una tarde entera observando las cuatro fachadas del monoblock Salta intentando comprender qué elemento arquitectónico del mismo había servido de inspiración para esta pieza. Finalmente, creo que conseguí ver la punta del iceberg, y vincular la original disposición de las ventanas de la fachada norte con el ritmo predominante de la pieza. Intuyo, por el carácter festivo que tiene este movimiento, que la duda del arquitecto Larrán quedó evacuada y el compositor allí lo pasó muy bien.
Hacer una crítica musical sobre una pieza que no se había escuchado antes – recordemos que asistíamos a un estreno mundial – no es trivial, y supone un enorme esfuerzo. No tengo información si esta obra es un encargo de la Orquesta Sinfónica de Salta o si fue el compositor quien la propuso. Tampoco sé si el compositor estuvo presente o si participó de los ensayos de preparación de esta obra y si el resultado final fue de su agrado. Cuando subió al escenario se lo veía muy sonriente y feliz pero tampoco sé si esta aparente felicidad forma parte del show. No es poco común que un compositor haga modificaciones a sus obras una vez estrenadas. El tiempo nos dirá si esto ocurre en función de las veces que esta obra sea interpretada por otros organismos orquestales. Desde mi punto de vista, Sabino Figueroa es un compositor original que nos brinda una verdadero collage de ideas musicales a lo largo de esta obra pero yo no he sabido encontrar la coherencia discursiva que hagan de ella una unidad programática tal como se pretendía con el nombre de Sinfonía Andina. No he podido escuchar ese hilo conductor que seguramente está pero que debido a las graves deficiencias técnicas de la orquesta nunca se puso de manifiesto.
Sin haber visto la partitura, me atrevo a decir que en ninguna parte esta indicado que los instrumentos estén desafinados entre sí o que unos instrumentos tapen a otros en los tutti y aquí la responsabilidad recae sobre Eckhardt quien demostró el poco oficio que tiene como director de orquesta y que cometió fallos imperdonables como hacer repetir a la orquesta el inicio de la fuga del tercer movimiento, o el descuido en el tratamiento de las cuerdas, o el descontrol de planos sonoros entre las distintas familias de instrumentos que hicieron más incomprensible la obra.
Eckhardt es un hijo del poder en Salta. Su padre es, desde hace años, el Presidente de la Cámara de Turismo de Salta y según me informé su debut con la OSS hace algunos años fue una imposición que vino ‘de muy arriba’ para disgusto de la orquesta de aquel entonces.
En mi opinión, no estaba preparado para abordar un estreno mundial en un concierto homenaje a nuestros veteranos de guerra. Creo que hubo un oportunismo mediático que supo capitalizar bien a costa de manipular emocionalmente a la audiencia con elementos no estrictamente musicales.
Como en alguna ocasión dijo Riccardo Muti, con quien Eckhardt dice haber estudiado, cosa que me sorprende a la vista de los resultados, la música es lo único que debe importar a un director que tiene delante de sí uno de los oficios más difíciles que existen: el de tomar las almas de los músicos, sus sentimientos, no solo las notas que son la expresión concreta de los sentimientos, y conseguir que la idea musical que tiene en la cabeza viaje desde su brazos, atraviese los instrumentos y llegue a la cabeza de los músicos para que el sonido que llega al público consiga emocionarlo. Un camino demasiado largo que Eckhardt no ha empezado ni a transitar.
Ahora me pregunto por qué para un concierto homenaje a nuestros veteranos donde además se estrenaba mundialmente una obra no se escogió un director o directora con una mejor dotación de ideas musicales. Creo saber la respuesta, a la directora a cargo de la formación no le debe interesar quedar en evidencia y a la orquesta tampoco.
Últimamente he estado meditando sobre la utilidad que estas críticas tienen para cambiar o revertir la penosa situación musical actual de la Orquesta Sinfónica de Salta. Me he encontrado en esa reflexión con un altísimo muro que ha hecho que me cuestione la continuidad de estas críticas. Me explico. La orquesta tiene tras de sí un poderoso andamiaje jurídico que los protege aunque no desarrollen bien su trabajo. Entiéndase por hacer bien su trabajo, el tocar afinados, obtener un sonido homogéneo, no tener fallas de solfeo, etc. De hecho si tienen más de cuarenta años – casi todos tienen esa edad – y no superan las pruebas internas que tienen periódicamente el Estado está obligado a absorberlos. ¡Pruebas internas! ¿Despedirían ustedes a un compañero de trabajo? Virtualmente, y protegidos por las leyes, son inamovibles. Como diría Voltaire, “el último grado de perversidad es hacer servir las leyes para la injusticia”.
