Emilia Orozco, diputada nacional por La Libertad Avanza y presidenta de la Comisión de Libertad de Expresión en la Cámara Baja, volvió a protagonizar un papelón. Esta vez, maltrató a un movilero de Canal 10 de Salta que tuvo la “osada” tarea de preguntar algo incómodo a la diputada. En lugar de responder con altura o, simplemente, retirarse, eligió la vía que ya parece habitual en su carrera política: el agravio.
Cuando llegaba a la casa de La Libertad Avanza Salta, la polémica diputada se negó a responder por el escándalo sexual de su compañero de espacio, Pablo López. Allí la diputada nacional maltrató al movilero de Canal 10 diciéndole, señalándolo con el dedo y diciéndole que no tenía permiso de entrar al lugar, porque el periodista “no era una persona de bien”.
El episodio expone, una vez más, la profunda contradicción de Orozco. Se presenta como defensora de la libertad de expresión en el Congreso, presidiendo una comisión importante, pero en la práctica actúa con una intolerancia preocupante frente al periodismo crítico.
Es la segunda vez en pocas horas que descalifica a trabajadores de prensa, escudándose en argumentos personales o supuestas operaciones mediáticas, sin aportar nunca pruebas.
Antes lo había hecho con el periodista de FM Infinito, Daniel Murillo, a quien llamó “lacra” en un cruce en redes sociales.
La diputada parece confundir la libertad de prensa con el elogio obligado. Su “gestión” al frente de la comisión, que debería garantizar el respeto a la voz de todos -incluso la de quienes la critican- se convierte así en una parodia de lo que debería representar. Las agresiones, aunque verbales, tienen peso institucional cuando provienen de alguien con semejante responsabilidad legislativa.
Este nuevo ataque a la prensa local no es menor. Se da en un contexto de creciente hostigamiento desde sectores del oficialismo nacional hacia periodistas, medios y voces disidentes. Lo que hace Orozco no es solo una muestra de intolerancia personal: es parte de un clima peligroso donde se normaliza el desprecio hacia quienes cumplen con la tarea de informar.
En un país donde la democracia aún se construye a fuerza de tropiezos, resulta alarmante que una legisladora que debería proteger la libertad de expresión actúe como su principal amenaza. Emilia Orozco no sólo deshonra la comisión que preside. Y no porque esa comisi{on no trabaje desde septiembre pasado, sino también deja en claro que, para ella, la libertad sólo vale si la favorece.
