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martes, octubre 20, 2026

De kirchnerista a pedir mano dura: el giro a la derecha de Franco Hernández Berni

El intendente de Tartagal endureció su discurso contra piqueteros y trapitos, con apelaciones al orden y la mano dura que lo acercan al repertorio de la derecha. El pragmatismo como explicación y las encuestas como telón de fondo.

Hay giros políticos que se anuncian con bombos y platillos y otros que se dejan ver en el vocabulario. Franco Hernández Berni parece haber elegido el segundo camino: el intendente de Tartagal, nacido políticamente en el kirchnerismo, comenzó a incorporar a su discurso términos y posiciones que hasta hace poco parecían patrimonio de dirigentes ubicados en la vereda ideológica de enfrente. La “mano dura”, el orden y la condena pública de quienes protestan forman parte de una narrativa que empieza a marcar diferencias con su procedencia política.

El cambio no pasa solamente por las palabras. Hernández ya había apuntado contra los movimientos piqueteros, a cuyos integrantes mandó a trabajar y calificó de vagos, en una línea que privilegia la descalificación por encima de cualquier discusión sobre las razones de la protesta social. La judicialización de esos conflictos fue otro paso en esa dirección. Ahora, el foco se desplazó hacia los llamados trapitos, mientras el jefe comunal reclamó a la Policía que actúe con mano dura.

El repertorio es conocido. Orden, autoridad, castigo y tolerancia cero frente a determinadas conductas constituyen algunas de las consignas más habituales de las derechas contemporáneas, que suelen presentar los conflictos sociales como problemas de seguridad y las demandas colectivas como alteraciones del orden público.

En Tartagal, el contraste tiene un condimento adicional: Hernández no llegó a la política desde una tradición liberal-conservadora, sino desde el peronismo kirchnerista. La distancia entre aquel origen y sus actuales declaraciones alimenta la discusión sobre una derechización de su perfil público.

El pragmatismo suele funcionar como argumento para justificar estos desplazamientos. Bajo esa lógica, las viejas pertenencias pasan a un segundo plano cuando se trata de responder a lo que una parte del electorado demanda. Si el reclamo de orden gana terreno, el dirigente adapta el discurso; si la protesta incomoda, se la presenta como un problema que debe resolverse desde la autoridad. La cuestión es cuánto hay de gestión concreta y cuánto de reposicionamiento político en esa operación.

El tono de Hernández empieza a recordar al de Jorge Macri, jefe de Gobierno porteño, especialmente en la manera de abordar el espacio público, las actividades informales y los conflictos que involucran a sectores socialmente vulnerables. La comparación no supone que ambos tengan idénticas políticas, pero permite reconocer una coincidencia discursiva: la promesa de recuperar el orden mediante una mayor intervención policial y una posición más severa frente a quienes ocupan la calle.

Hay, además, una variable que no conviene perder de vista: el escenario electoral. Si, como sugieren las versiones sobre sus mediciones de imagen, las encuestas no vienen acompañando al intendente, la búsqueda de un discurso más duro podría leerse como un intento de conectar con una demanda social que atraviesa buena parte del debate público.

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