Faltaban cinco meses para que en La Plata se consumara el operativo que la historia argentina recuerda como la Noche de los Lápices pero en Tucumán la cacería de estudiantes ya había empezado. Entre la noche del 14 y la madrugada del 15 de abril de 1976, apenas tres semanas después del golpe de Estado del 24 de marzo, varias patotas recorrieron la capital tucumana y se llevaron de sus casas a seis jóvenes, al menos. Casi todos tenían entre 20 y 26 años, y estudiaban en la Universidad Nacional de Tucumán, varios de ellos en la Facultad de Bioquímica y Química.
Ninguno volvió. Durante décadas, sus familias no supieron nada. Hoy, de a uno, sus nombres van emergiendo del fondo del Pozo de Vargas, en Tafí Viejo.
Carlos, el último en ser encontrado
El último viernes 16 de octubre el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) confirmó la identificación de los restos de Carlos Rafael Medina. Tenía 20 años, era estudiante y vivía con su familia en el Barrio Mercantil, en la comuna de El Manantial, que está pegada a la capital provincial, al suroeste. Aquella madrugada de abril, un grupo armado entró a la vivienda, la revisó de punta a punta y se lo llevó delante de su madre, su hermana, su cuñado y su sobrino. Según informó el organismo forense, en esos mismos días también fueron secuestrados otros compañeros de Carlos.
Los huesos de Carlos fueron rescatados del pozo por el Colectivo de Arqueología, Memoria e Identidad de Tucumán (CAMIT) y la identificación genética fue posible gracias a las muestras de sangre que aportaron sus hermanos, Silvia y Jorge Medina, en el marco de un convenio entre el EAAF y la Secretaría de Derechos Humanos de Tucumán.
El Juzgado Federal N° 2 de Tucumán, a cargo de Guillermo Díaz Martínez, notificó a la familia en una audiencia a la que asistieron sus dos hermanos, junto al esposo, un hijo y dos nietos de Silvia. La restitución de los restos y la ceremonia de despedida se realizarán en los próximos días.
Una noche, seis nombres
Esa misma madrugada otro grupo irrumpió en la casa de Clara Nélida Medina de Bianchi, quien años después fundaría la filial tucumana de Madres de Plaza de Mayo. Eran una docena de hombres armados, con el rostro tapado y pelucas. Buscaban a su hijo Ramón Oscar Bianchi, delegado estudiantil de Bioquímica.
Como no lo encontraron, los golpearon y se llevaron a su marido, Francisco Rizo, que horas después aparecería en Tafí Viejo. Antes de irse saquearon la vivienda. «Hasta se comieron lo que había en la heladera», recordó Nelly ante el Tribunal Oral Federal cuando dio su testimonio, con el pañuelo blanco en la cabeza.
Esa misma noche Oscar fue capturado en la casa en donde vivía con su esposa y la familia de ella. Un sobreviviente declaró haberlo visto en el centro clandestino que funcionaba en la Compañía de Arsenales Miguel de Azcuénaga, ubicado sobre la Ruta Nacional 9, en el acceso norte a la capital. Sus restos fueron identificados en el Pozo de Vargas en marzo de 2015.
El disfraz de los represores se repitió en la casa de Sáenz Peña al 200, en donde vivían Julio Arnaldo del Castillo y su esposa, Marta Pérez, ambos salteños. Julio tenía 26 años, era técnico químico en el Ingenio Fronterita, estudiaba Bioquímica y militaba en el Peronismo de Base.
Así lo contó Marta ante los jueces: «Decían que buscaban literatura subversiva. Cuando se estaban por retirar, corrí hasta la habitación en donde lo tenían. Julio ya estaba vendado y con las manos atadas. Me arrastraron hasta el cuarto de nuevo. Quedé sentada en la cama, con seis tipos. Uno se sacó la máscara». Años más tarde, mientras estaba Marta como público en el juicio Jefatura I, reconoció ese rostro entre los imputados, era el represor Luis De Cándido.
La mujer debió esconderse durante años y su casa fue saqueada. Otros detenidos declararon haber compartido cautiverio con Julio en el Arsenal Miguel de Azcuénaga y haberlo visto muy deteriorado. Su identificación en el Pozo de Vargas se conoció en marzo de 2017. «Espero que la impunidad termine y que no quede un solo genocida afuera”, pidió su esposa al cerrar su declaración.
En otro punto de la capital tucumana la patota se llevó juntos a los hermanos Jorge Luis y Roberto Julio Romero Toledo, de 21 y 22 años, ambos estudiantes universitarios; Roberto, además, era técnico químico y cursaba Bioquímica. No hay testimonios de su paso por ningún centro clandestino. Sus restos aparecieron en la fosa de Tafí Viejo y fueron identificados en octubre de 2016.
Horas antes, en 14 de abril, tres hombres de civil y fuertemente armados ya habían sacado de su casa de Bernabé Aráoz al 900 a Humberto Reyes Morales, de 22 años, estudiante de Química. Entre ellos estaba Roberto Heriberto «El Tuerto» Albornoz, entonces jefe del Servicio de Informaciones Confidenciales de la Policía tucumana, luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Reyes Morales fue visto en el Arsenal en mayo de 1976. También fue identificado en el pozo en 2016. /ÁMBITO
