En estos días, en donde se debatió la Reforma Laboral y finalmente se promulgó una nueva ley, observé poca resistencia del pueblo argentino a derechos conquistados.
Por Edmundo Falú
La central de trabajadores, más allá de algunos dirigentes que convocaron a la movilización, no opusieron mayores reparos a la sanción de una ley que implica un profundo cambio para los trabajadores.
También encuestas serias mostraban una aprobación mayoritaria de la población en general de una necesaria reforma laboral.
¿Que motivó esta conducta del pueblo y sus dirigentes? Se trata de un fenómeno local o de un cambio global que comenzó a fines del siglo XX y que parece acelerarse con la robotización y la inteligencia artificial.
La impresión es que se está gestando una nueva identidad laboral, no sé si mejor o no de lo que teníamos establecido conceptualmente en el siglo pasado. Pero creo que vale la pena mirar hacia atrás para encontrar una luz que ilumine el futuro de los trabajadores.
A fines del siglo XIX la revolución industrial comenzó a resquebrajar la sociedad estamental caracterizada por la desigualdad jurídica y el goce de privilegios para unos (Nobleza y Clero) y ausencia de los mismos para la mayoría (burguesía, artesanos y campesinos).
Esta sociedad terminó siendo reemplazada por una sociedad de clases, que si bien se fundamentó en la igualdad jurídica ante la ley y le otorgaba mayor grado de libertad a los individuos, mantenía profundas desigualdades, ya no cimentadas por la ley sino por la riqueza y la propiedad.
En esos años, la alta burguesía en la cúspide de la sociedad capitalista, controlaba la industria, la banca, el comercio y con los altos cargos de la administración del Estado terminó adueñándose de tierras procedentes de la Iglesia y de una nobleza arruinada, convirtiéndose en grandes terratenientes.
En ese entonces existía una clase media integrada por profesionales, intelectuales, algunos comerciantes y agricultores acomodados.
La pequeña burguesía estaba representada por comerciantes y artesanos que querían imitar el modo de vida de las clases altas y medias, pero estaban en riesgo de caer en la proletarización. En la base de la pirámide estaba el proletariado, concentrados en las ciudades donde se ubicaban las industrias y además el campesinado que en conjunto padecían largas jornadas de trabajo, sin condiciones de higiene ni de seguridad, seguro médico, seguro de desempleo o jubilación.
Abundaban los niños y las mujeres en el trabajo, peor reconocidos que los adultos varones. En ese contexto, en 1891, el Papa León XIII presenta su encíclica Rerum Novarum (“Acerca de lo nuevo») y con ella fundamenta la doctrina social de la Iglesia sobre el trabajo y la dignidad del hombre.
Con Rerun Novarum la Iglesia reconoce al trabajo como fuente de identidad y realización personal y señala que el obrero debía recibir un salario justo y condiciones de trabajo dignas, incluso el debido descanso. Pero con la aparición de las fábricas y cadenas de montaje el trabajador pasó a ser parte de esa cadena y transformó su identidad laboral en una nueva identidad instrumental. Pasa a tener la producción más importancia que la realización personal.
Frederick Taylor realiza un estudio minucioso sobre la organización científica del trabajo, con el objetivo de eliminar movimientos inútiles dentro de las fábricas y cronometrar el tiempo para que un obrero realice una actividad específica. Divide las tareas de diseño y planificación de las de ejecución, con lo que el obrero pasa a ser una parte de la maquinaria.
Se establece el pago por pieza producida en vez de por tiempo de trabajo. Henry Ford también impulsa la producción en serie consolidando este nuevo modelo laboral.
La aparición de Max Weber, en su ensayo sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo en 1905, redefine al trabajo donde este deja de ser solo de subsistencia para convertirse en un vector de respeto y reconocimiento social. La estructura del trabajo concebida por Weber en organizaciones que distribuían las tareas con jerarquías, despersonalización en la elección del trabajador, responsabilidad en las tareas, con normas precisas y disciplina, contribuyó a crear la imagen del trabajador como un héroe industrial esencial para el éxito de la empresa.
Sin embargo, a fines del siglo XX comienza a surgir un concepto del capitalismo moderno, la flexibilidad laboral, que cambia la concepción del trabajo y en donde en vez de tener un empleo estable, rutinario, el trabajador se enfrenta a estructuras empresariales dinámicas, reajustes del plantel imprevisibles y periódicos, quebrando la lealtad y pertenencia a las empresas. Así, como dice Richard Sennet, ante despidos y cambios constantes, los trabajadores se sienten culpables de su propia inestabilidad asumiendo una falsa responsabilidad por factores externos que en realidad para ellos son incontrolables.
El trabajo «a corto plazo» impide construir lazos fuertes con compañeros, familia o comunidades, llevando a los individuos a la deriva y al aislamiento. Se termina construyendo una nueva identidad laboral.
El trabajador se percibe como el gestor de su propio tiempo y rendimiento, más allá de una mayor inseguridad laboral y de la eliminación de contratos permanentes.
También, esta conducta trae mayor desigualdad, con privilegios para aquellos bien calificados pero mayor informalidad para el resto de los trabajadores.
Tal vez estemos entonces ante un individualismo extremo en donde cada trabajador se percibe como artífice de su propio destino, sin el amparo colectivo de sus pares y de una comunidad indiferente.
