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jueves, septiembre 10, 2026

Jalit en picada: lo escrachan en plena calle

Mientras el intendente de Pichanal Julio Jalit daba una entrevista en plena calle, un joven le gritó: “¡Arreglá las calles, viejo cu…!”. El video no tardó en viralizarse. La escena condensó en segundos lo que muchos vienen sintiendo hace años: bronca, hartazgo y desprecio hacia una gestión que ya ni siquiera logra maquillar el abandono.

«Hasta para robar hay que ser inteligente, y yo me considero un tipo inteligente». Con esa frase que recorrió el país, Jalit logró lo impensado: convertir el cinismo en marca personal. La dijo en 2019, en la apertura de sesiones del Concejo Deliberante.

Hoy, el “inteligente” vive días incómodos. Las calles de su municipio están detonadas, los vecinos lo enfrentan, la Justicia lo tiene en la mira y el humor social está por el piso.

La postal más contundente llegó hace unos días, cuando vecinos se manifestaron frente al domicilio del intendente con quema de neumáticos. No hubo cortes preparados ni acto político: fue bronca pura. El reclamo es el mismo de siempre, pero con más volumen: servicios colapsados, obras inexistentes y abandono.

El descontento también se judicializó: los vecinos presentaron una nota ante la Justicia por la parálisis de una de las causas más graves que pesan sobre el jefe comunal.

Jalit está acusado —nada menos— que de defraudación a la administración municipal por un monto estimado de 16 millones de dólares. Cifra que no surge de redes sociales ni de la oposición: fue documentada por auditorías oficiales y por la fiscal Mónica Viazzi, de Delitos Económicos Complejos.

En diciembre de 2021, Viazzi solicitó formalmente juicio por una batería de delitos que incluye: Enriquecimiento ilícito. Estafa y fraude a la administración pública. Negociaciones incompatibles con la función pública. Peculado. Omisión y falsedad en declaraciones juradas. Contaminación con residuos peligrosos

A pesar de todo eso, el juicio aún no empieza. Nadie sabe por qué. O sí: porque la política salteña tiene mecanismos para proteger a los suyos.

La gestión de Jalit, sostenida durante años por acuerdos políticos y un aparato territorial aceitado, hoy cruje. El clientelismo ya no alcanza para tapar la desidia.

Lo que antes se aplaudía como “viveza” ahora se percibe como corrupción desembozada. Lo que se toleraba con resignación, hoy se grita en la calle.

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