Agencias de inteligencia, evangelismo y soberanía en la Argentina
Existe una tentación cómoda, y por ello peligrosa, de explicar el crecimiento de las iglesias evangélicas en Argentina como un fenómeno puramente espiritual, es decir, comunidades que encontraron en la fe una respuesta a sus necesidades más hondas. Esa explicación no es falsa. Es incompleta.
Porque detrás de ese crecimiento, especialmente desde la década de 1970, hay una arquitectura geopolítica deliberada cuyo propósito no fue salvar almas sino administrar conciencias.
Los documentos desclasificados y los análisis académicos más rigurosos apuntan de manera consistente a la CIA como el actor central de esta operación. No se trató de una conspiración fantástica ni de un relato de ciencia ficción política de los que tantos abundan en estos tiempos tan oscuros. Fue una estrategia fría, ejecutada con la frialdad burocrática que caracteriza a las grandes potencias cuando deciden intervenir en el tejido cultural de un país extranjero sin disparar un solo tiro.
El objetivo era la llamada Teología de la Liberación, esa corriente que en los años 60 y 70 había conseguido lo que ningún partido de izquierda había logrado antes, arraigar el pensamiento crítico sobre la injusticia social en las comunidades más pobres del continente, usando el lenguaje y la autoridad moral de la propia Iglesia Católica. Washington vio en eso una amenaza de primer orden.
La respuesta no fue sólo militar sino, sobre todo, religiosa.
Se promovió, financió y articuló logísticamente el crecimiento de iglesias pentecostales y evangélicas conservadoras que predicaban una versión del cristianismo radicalmente distinta y ajena a las propias Escrituras. Esto es, salvación individual, prosperidad personal, pasividad política. El mensaje implícito era transparente para quien quisiera leerlo. La miseria no es un problema estructural que exige la organización de la comunidad, sino una prueba espiritual que se supera con fe y disciplina individual. Difícilmente podría diseñarse una respuesta más funcional al statu quo.
Oliver North, el mismo operador que coordinó el escándalo Irán-Contra, fue señalado en múltiples informes como uno de los articuladores de estos esfuerzos evangélicos en Centroamérica, con esquemas análogos replicados en Sudamérica. El NACLA (North American Congress on Latin America) ya documentaba estos vínculos en los años 80, cuando la mayoría de los intelectuales latinoamericanos los atribuían todavía al entusiasmo religioso espontáneo.
En Argentina el proceso tuvo una coincidencia temporal que no es para nada casual. El crecimiento más pronunciado de las iglesias evangélicas se registró durante y después de la dictadura de 1976. El régimen siniestro de aquel entonces no las persiguió, por el contrario, en muchos casos las protegió. La Iglesia Católica, en cambio, tuvo que gestionar sus propias complicidades y resistencias internas, y algunos de sus sectores más comprometidos con la justicia social pagaron ese compromiso con la desaparición o la muerte. El evangelismo conservador no tenía ese problema. No cuestionaba al poder, no organizaba a los pobres, no incomodaba a nadie con preguntas sobre la distribución de la riqueza o el destino de los detenidos/desaparecidos.
Aquí es donde la lectura justicialista del fenómeno adquiere toda su densidad.
El justicialismo construyó su identidad sobre tres pilares que Perón formuló con precisión: soberanía política, independencia económica y justicia social. No son valores abstractos ni mucho menos divisas retóricas. Son condiciones interdependientes. Sin soberanía política no hay independencia económica posible; sin independencia económica la justicia social es un enunciado vacío que el Estado repite mientras firma acuerdos de ajuste; y sin justicia social la soberanía política se reduce a una formalidad para administrar la desigualdad con cierto decoro institucional.
El evangelismo que se implantó en Argentina con apoyo externo opera como un disolvente de esos tres pilares. No lo hace a través de la violencia, eso sería demasiado visible y generaría resistencia, sino a través de la reconfiguración lenta del imaginario político de las clases populares.
Una comunidad que entiende su pobreza como prueba divina no se organiza sindicalmente. Un trabajador que espera la intervención providencial no cuestiona las condiciones de su contrato. Una familia que invierte su energía simbólica en la prosperidad individual no construye poder colectivo. Y un electorado que desconfía del Estado como entidad intrínsecamente corrupta y prefiere depositar su confianza en el pastor, esa figura de autoridad privada, carismática, no electiva y no rendidora de cuentas, es un electorado estructuralmente funcional al neoliberalismo.
Conviene aquí hacer una distinción que el análisis político suele evitar por pereza o por comodidad. Afirmar todo esto no implica que cada creyente evangélico sea agente consciente de ningún proyecto geopolítico. Sería absurdo e terriblemente injusto. Las personas que encuentran en esas comunidades contención afectiva, redes de solidaridad concreta y sentido existencial no son cómplices de nada. Son, en la mayoría de los casos, víctimas de un sistema que no les ofreció otra alternativa de pertenencia. La crítica no apunta a los fieles sino a la arquitectura política que diseñó y financió el molde institucional en el que esa fe se vierte. Son dos cosas distintas, y confundirlas solo sirve para que el análisis parezca una cruzada religiosa cuando en realidad es una lectura política.
El justicialismo tiene aquí un desafío, un monumental desafío, que no puede resolverse con nostalgia doctrinaria ni con la reedición de fórmulas que funcionaron en la primera mitad del siglo XX. El movimiento que supo construir identidad popular a través del trabajo, la dignidad y la organización de la comunidad enfrenta hoy un competidor que opera en el plano de lo emocional, lo comunitario y lo trascendente. Son planos en los que el justicialismo histórico también supo moverse con eficacia, pero que en las últimas décadas, con la colonización que sufrió por parte del kirchnerismo a la que me he referido en otro artículo, se ha descuidado con las consecuencias electorales que todos conocemos y pocos quieren admitir.
No basta con denunciar el origen espurio del fenómeno. Hay que comprender por qué resulta atractivo, qué necesidades legítimas satisface y por qué el Estado y el movimiento “nacional y popular” no han sabido o no han querido satisfacerlas.
El fenómeno Gebel: cuando la ingeniería encuentra su mejor producto
Todo lo que este artículo describe anteriormente en términos estructurales, la sustitución del sujeto político colectivo por el individuo espiritual, la despolitización de las masas populares, la reconfiguración del imaginario de las clases medias bajas, encontró en Dante Gebel su expresión cultural más acabada y, por eso mismo, más eficaz.
Gebel no es un pastor cualquiera. Es el punto en que el proyecto arriba descrito deja de ser una operación de inteligencia y se convierte en cultura de masas, en un elemento más de esa batalla cultural de la que todo el mundo habla pero nadie comprende del todo. Y eso, desde el punto de vista del análisis político, es exactamente lo que lo hace relevante.
Surgió en Argentina en la primera mitad de los años 90, es decir, en el momento en que el menemismo consolidaba el desmantelamiento del Estado nacional, la privatización del patrimonio público y la subordinación de la economía argentina a los dictados del FMI y del Consenso de Washington. No fue casualidad de calendario. Fue una coincidencia estructural. Mientras el neoliberalismo vaciaba de contenido las instituciones que el peronismo había construido para garantizar la justicia social, es decir, los sindicatos, la empresa, la educación y la salud pública, Gebel llenaba los estadios con decenas de miles de jóvenes que encontraban allí lo que el Estado ya no les ofrecía. Esto es, pertenencia, emoción, comunidad y un discurso coherente sobre su propio lugar en el mundo.
Los llamó «Superclásicos de la Juventud». El nombre no era inocente. En Argentina, el superclásico es el partido entre Boca y River, el evento de máxima convocatoria deportiva y emocional, el rito tribal por excelencia. Gebel tomó esa carga simbólica y la trasladó al ámbito religioso con una precisión que habría hecho las delicias de cualquier estratega de comunicación política.
Estadios repletos, producción audiovisual de primer nivel, humor, espectáculo, identificación generacional. Nada de la solemnidad, en ocasiones oscura y casposa, del catolicismo tradicional. Nada, tampoco, de la retórica de clase que el peronismo histórico usaba para interpelar a los trabajadores. Gebel hablaba el idioma de la cultura pop, de la autoayuda y del entretenimiento masivo.
El contenido ideológico de ese espectáculo merece un análisis más detenido del que usualmente recibe. Su mensaje central, repetido en decenas de variaciones a lo largo del tiempo, puede resumirse así: tus circunstancias no dependen del sistema sino de tu relación con Dios; la prosperidad es una promesa divina que se activa con la fe y la disciplina personal; el fracaso es espiritual antes de ser social; y la política, en tanto disputa por el poder colectivo, es un terreno impuro que el creyente verdadero debería evitar. Es, palabra por palabra, la antítesis del pensamiento peronista. Y fue predicada masivamente a la generación que creció durante la hiperinflación, el desempleo estructural y el colapso de 2001. Es decir, a los jóvenes que más razones objetivas tenían para politizarse en clave de justicia social y que en cambio encontraron en el evangelismo una errónea salida individual a una situación colectiva.
El arco biográfico de Gebel es también elocuente. Construyó su fenómeno en Argentina, lo exportó a toda América Latina y terminó instalándose en Anaheim, California, donde dirige hoy el River Arena, una de las megaiglesias de mayor crecimiento en la comunidad latina de Estados Unidos. El ciclo se cierra con una elegancia brutal. El producto cultural que se fabricó, en parte, para beneficiar los intereses geopolíticos norteamericanos en América Latina terminó radicándose en el corazón mismo del país que financió su contexto de emergencia. No hay en esto necesariamente una intención personal calculada de parte de Gebel, su inteligencia no llega a tanto y sería un error reducirlo a eso. Hay algo más interesante. La lógica del sistema funcionó tan bien que no necesitó de conspiradores conscientes para producir ese resultado. El mercado religioso, una vez desregulado y orientado hacia la demanda emocional de las masas empobrecidas, hizo solo el trabajo.
Desde una perspectiva justicialista, el caso Gebel ilustra algo que Perón entendió con claridad providencial en «La Comunidad Organizada». Las grandes transformaciones históricas no se producen sólo en el plano de las fuerzas productivas o de las relaciones jurídicas, sino en el plano de la cultura, de la formación de la subjetividad colectiva, de lo que los pueblos creen que son y que merecen. Un movimiento que abandone ese plano a sus adversarios, sean agencias de inteligencia extranjeras, mercados religiosos desregulados o pastores carismáticos con producción de Broadway, no perderá sólo elecciones sino que perderá la madre de todas las batallas, la de quiénes somos cuando nadie nos está mirando.
La soberanía que Perón entendía como condición de posibilidad de cualquier proyecto nacional no se defiende únicamente en los tratados internacionales ni en las mesas de negociación con los organismos de crédito. Se defiende también, y quizás principalmente, en la conciencia y la coherencia de los pueblos.
Una Argentina cuyas clases populares han internalizado la lógica del individuo, del esfuerzo personal desvinculado de la solidaridad comunitaria y de la sospecha sistemática hacia cualquier forma de poder político, es una Argentina con sus defensas simbólicas comprometidas frente a cualquier proyecto de subordinación externa. A estas alturas y visto lo visto, no estoy seguro que no estemos ya en un punto de no retorno.
No es fatalismo. Es diagnóstico. Y un diagnóstico preciso, por incómodo que resulte, es siempre el primer paso de cualquier política posible.
Por Flavio Gerez
24/04/2026
