El gobernador apareció en Plaza 9 de Julio tras el triunfo ante Inglaterra y transformó una celebración popular en contenido político cuidadosamente producido.
Argentina acababa de lograr un triunfo cargado de historia frente a Inglaterra y la Plaza 9 de Julio se llenaba de salteños que, sin distinción, salían a celebrar una tarde épica. Una de esas tarde-noche donde la emoción colectiva no necesita intermediarios. Sin embargo, los hubo.
En medio de esa marea de camisetas celestes y blancas, apareció el gobernador Gustavo Sáenz. No llegó solo: lo acompañó, como suele ocurrir en estos casos, su equipo de comunicación. La espontaneidad del festejo contrastó rápidamente con la lógica del registro: cámara, encuadre, timing. Todo listo para convertir la alegría popular en una pieza de redes.
El gobernador no improvisó. Recorrió los alrededores de la plaza, como quien conoce el libreto: besos a niños, saludos a jubiladas, gestos ampulosos de cercanía. La liturgia clásica de la política en modo campaña, aunque no haya campaña. Cada movimiento parecía pensado más para la edición posterior que para el momento en sí. Solo le faltó entonar algunas estrofas de “Rosa Rosa”, un clásico de su repertorio.
La escena dejó una sensación incómoda. Mientras miles celebraban un triunfo histórico, por el contexto y por lo ocurrido con la guerra de Malvinas, la presencia del mandatario se deslizaba hacia otro plano: el de la apropiación simbólica. Como si el festejo necesitara un protagonista adicional. Como si la política no pudiera evitar meterse incluso donde no fue invitada.
El resultado fue previsible: un video prolijo, emotivo, perfectamente editado. Un Sáenz sonriente, cercano, “uno más” entre la gente. La construcción de una imagen que busca capitalizar lo que no le pertenece. Porque en noches así, la épica no es de los dirigentes. Es de la gente.
Ahora solo resta saber si Gustavo Sáenz también se pone la camiseta argentina hoy y manda a las legisladoras que le responden en el Senado (Flavia Royón y la jujeña Carolina Moisés) a votar en contra del proyecto de “Inviolabilidad de la Propiedad Privada” que pretende el Gobierno nacional.
El proyecto permite, sin límites, la extranjerización de tierras a manos de magnates de todo el mundo, incluidos ríos, lagos, glaciares, bosques, zonas de frontera, territorios comunitarios, caminos públicos, áreas productivas y ecosistemas de los que depende la vida cotidiana de millones de personas.
Con esta iniciativa se profundiza la entrega territorial y debilita la capacidad del Estado para proteger bienes comunes y soberanía.
