Anoche, en la Iglesia San Francisco, hubo misa por Juan Domingo Perón. Pero más que un homenaje al General, pareció un casting de falsos creyentes y peronistas de cartón. Los protagonistas: Juan Manuel Urtubey, Antonio “el Gringo” Marocco y Pablo Kosiner, entre otros. Los mismos de siempre, los que nadie quiere ver ni en figurita, pero que aparecen cada 1° de julio como si fueran la reencarnación de los descamisados.
Juan Manuel Urtubey, el gran arquitecto de la decadencia salteña, apareció con su eterno deseo de armar un espacio de centro. Arruinó la provincia durante una década, se fue dejando deudas, pobreza estructural y un Estado famélico. Pero eso sí: ahora reaparece en misa, como si viniera de recibir instrucciones de Perón en la sacristía. Es un inútil que solo aparece cuando hay cámaras, como los fantasmas.
A su lado, el infaltable Pablo Kosiner, siempre un paso atrás de Urtubey, como perrito faldero bien entrenado. Le lleva el maletín, le sostiene la vela, y si hace falta, le acomoda el saco. Nadie sabe bien a qué se dedica, pero ahí está: fiel como una estampita, esperando que su jefe vuelva a ser algo para seguirle lamiendo las botas. Si lo ponés en la lista del supermercado, te acompaña igual.
Y no podía faltar Antonio “el Gringo” Marocco, el vicegobernador más decorativo del país. Cobra un sueldazo (y mantiene una horda de familiares dependiendo del Estado) por mes para no hacer absolutamente nada. Su gestión es como su discurso: vacía. Pero cuando hay acto o misa, se presenta como si el pueblo lo aclamara. Ayer sonreía falsamente para las fotos como si estuviera en campaña.
Los tres se colgaron de Perón como quien cuelga una estampita del espejo retrovisor: para espantar la mala suerte. Pero ni eso les funciona. Si Perón los viera, pediría excomunión inmediata. Porque usar su nombre para hacer marketing personal, mientras se gobierna (o se roba oxígeno político) a espaldas del pueblo, no es doctrina: es oportunismo de la peor calaña.
La misa fue eso: para la tribuna. Un rato de incienso, flashes y caripelas recicladas que ya nadie compra como Cesar «el Oveja» Alvarez o el indio Godoy, quien no sabe que hacer para resaltar y no ser barrido abajo de la alfombra. Y mientras tanto, la gente —la de verdad, la que va al hospital, manda a sus hijos a la escuela pública y no cobra 7 cifras por rascarse— sigue esperando algo más que misa.
Por Susana Del Frari
