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miércoles, septiembre 9, 2026

Peronismo: una amarga y urgente reflexión

Soy peronista. También analizo a la política desde una perspectiva científica. La verdad, no sé cuál de las dos condiciones me pesa más en estos días. Hay algo profundamente triste, una mezcla de bronca y desazón, al mirar el estado actual de nuestro movimiento.

El peronismo, ese que alguna vez supo ser sinónimo de justicia social, de dignidad obrera y de grandeza nacional, hoy parece haberse transformado en un eco lejano, casi irreconocible de lo que alguna vez fue.

No estamos frente a una simple derrota electoral, que al fin y al cabo forma parte de la dinámica de la democracia, ni a una racha de mala suerte. No. Lo que vivimos desde hace años es una crisis honda, existencial, que pone en duda quiénes somos, para qué estamos, y sobre todo, si aún tenemos algo real que decirle a este país. Y lo más doloroso es que esta caída no puede atribuirse solo a una de sus corrientes internas o espacios como a muchos les gusta denominarlos.

La verdad es que tanto los kirchneristas como los que no lo son han contribuido, cada uno a su modo, a este extravío colectivo. Ambos, en su ceguera o su comodidad, han traicionado la raíz misma del legado de Perón. El kirchnerismo: cuando la promesa se volvió caricatura Al principio, sobre todo en vida de Néstor, el kirchnerismo ilusionó. Era joven, hablaba con firmeza, parecía tener rumbo.

Decían que venían a actualizar al peronismo, a devolverle su fuego. Pero con el tiempo, y no fue mucho, esa energía se fue degradando.

Desgraciadamente existe un principio de la Física en el que la energía nunca desaparece sino que se transforma. Y la energía se transformó en algo que no estaba al servicio del pueblo sino de unos cuantos. Sin darse cuenta, o no, el kirchnerismo creó su propia oligarquía. Lo que empezó como una narrativa creíble de derechos, terminó siendo un aparato de poder cerrado, casi hermético, alimentado por el clientelismo y la épica vacía demostrando que no basta con repetir frases de Perón como si fueran mantras sino que hay que encarnarlas.

Eso no pasó. ¿Responsables?, seguro que los hay, pero no es el objeto de este escrito encontrarlos. En lugar de crear una economía al servicio del pueblo, como Perón soñó y escribió con tanta claridad, optaron por un asistencialismo desbocado, que más que empoderar, sometía. Los efectos colaterales de ese asistencialismo desbocado no tardaron en manifestarse: corrupción, inflación, autoritarismo disfrazado de “relato”… todo eso dejó una herida difícil de cerrar en gran parte de la sociedad que hoy no distingue y repudia a todos los peronistas por igual.

Hoy, muchos miran al peronismo como un recuerdo embarrado, como algo que alguna vez funcionó pero que ya no se entiende. Esto, en gran parte, es culpa del kirchnerismo. Los no kirchneristas: esa alarmante falta de coraje Ahora bien, sería injusto cargar toda la culpa en un solo rincón del movimiento. Los peronistas que no comulgan con el kirchnerismo también fallaron, y muy feo. Porque si algo quedó en evidencia es su falta de liderazgo real, aunque algunos se hayan atrincherado en los castillos provinciales.

Muchos se limitaron a ser comentaristas de lo obvio, ocupando cargos sin convicciones claras, diciendo lo que convenía, callando cuando hacía falta hablar. En vez de construir algo nuevo, se acomodaron en las lógicas del viejo aparato. Fueron espectadores cómodos del deterioro. Y así, mientras esperaban su turno para negociar internas o ganar algún municipio, el país se fue cayendo a pedazos. La juventud dejó de escucharnos. La clase media nos dio la espalda. Y el movimiento, otrora dinámico y revolucionario, se volvió una maquinaria pesada, sin alma.

Milei, los pibes y el vértigo del vacío En ese escenario apareció Javier Milei. Gritón, sí. Simplista también. Pero trajo algo que nosotros ya no ofrecíamos: una narrativa nueva. Una ruptura. Algo que sonaba distinto. ¿Y quién lo escuchó con más atención? Los jóvenes. Esos que nacieron en crisis, crecieron entre frustraciones y llegaron a la adultez sin ver nunca una Argentina grande y a los que la vieron ya nadie los escucha o los apalean en las manifestaciones de los miércoles.

Nosotros, mientras tanto, seguimos repitiendo fórmulas del siglo pasado, como si con eso bastara. Toda nuestra dirigencia ha nacido en el siglo pasado. Los jóvenes argentinos no distinguen izquierda de derecha porque, honestamente, nadie se tomó el trabajo de enseñarles y vivimos en una creciente crisis de pensamiento crítico. En algunos núcleos, éste ya ha desaparecido por completo. Justo en esos núcleos es donde gana Milei. Y en esa confusión, Milei supo colarse. Les habló en un idioma más crudo, más directo. Les prometió otra cosa, después les mintió. Y les hizo creer que les creía. Esa es nuestra gran derrota: no haber sabido tocarles el corazón ni la razón aún cuando no nos votaran.

Entre los escombros, una certeza Sin embargo, y a pesar de todo, hay algo que no se me va. Una convicción que no me suelta. Yo sigo creyendo, con cada fibra, que el peronismo, el verdadero, es el único marco político capaz de ofrecerle a la Argentina un camino de grandeza, justicia y soberanía. Lo creo porque lo he estudiado en profundidad, porque he vivido en otros mundos y sé que el peronismo es el sistema hacia donde todos los sistemas políticos posibles evolucionarán. Pero con fe no alcanza. Ya no podemos seguir sosteniéndonos en consignas vacías. Hay que hacer el trabajo duro, ingrato, de reconstruir desde las bases, desde el valor más fundamental que tiene el movimiento: sus militantes. Sin atajos. Sin ídolos falsos. Volver a estudiar. Volver a organizar. Volver a hablarle al pueblo con honestidad, aunque esta sea brutal.

Volver a Perón, pero no desde la nostalgia. No hablo de mitificar. No se trata de repetir frases de archivo como si fueran hechizos. Hablo de estudiar de verdad lo que escribió, lo que pensó, lo que proyectó. En “La Comunidad Organizada”, Perón nos da un modelo de sociedad inclusiva, ordenada, productiva. En “Conducción Política”, nos advierte contra los personalismos y nos enseña a leer la historia como proceso. No es poca cosa.

Por eso, si tuviera que trazar un plan mínimo de reconstrucción, haría esto:

  1. Formar cuadros con hambre de país. Basta de improvisados. Necesitamos una generación que estudie, que se comprometa, que sepa debatir ideas sin repetir slogans.
  2. Actualizar nuestro lenguaje. La justicia social no envejeció. Pero tiene que traducirse hoy en términos como sustentabilidad, educación digital, inteligencia artificial, soberanía tecnológica.
  3. Romper el vínculo tóxico con el clientelismo. Hay que dejar de pensar en el pueblo como objeto de dádivas. El pueblo quiere trabajo, quiere dignidad. Es imperativo volver al trabajo como articulador social. 4. Reunirnos con propósito. El peronismo fue siempre amplio, sí, pero cuando tuvo un objetivo claro. Hoy necesitamos unidad estratégica, no unidad por desesperación.
  4. Proponer un sueño colectivo. La Argentina puede volver a pensar en grande. Puede volver a ser referente regional y mundial. Pero para eso necesitamos un proyecto que enamore, no que administre miserias.

Perón lo dijo claro: “La política no es un fin en sí misma; es un medio para lograr el bien común”. Si nos lo tomamos en serio, entonces el desafío no es solo político: es moral, es cultural, es generacional. Cuesta. Sí. Claro que cuesta. Pero también es cierto que el peronismo ya supo resurgir antes de sus propias cenizas. Esta vez, si lo logra, será porque se animó a mirarse de frente, a pedir perdón donde hizo falta… y a volver a empezar. Es ahora.

 

Por Flavio Gerez

23 05 2025

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