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domingo, abril 19, 2026

Sáenz, en modo show: le cantó al embajador de EE.UU. y expuso su perfil más servil

Un episodio grotesco dejó al descubierto una escena de subordinación política. Una postal que expone sin filtros la deriva genuflexa del poder provincial.

El gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, volvió a quedar en el centro de la escena, pero no por gestión ni anuncios, sino por un gesto que alcanzó lo grotesco. Durante un acto oficial, el gobernador decidió cantarle al embajador de Estados Unidos en Argentina, Peter Lamelas, en su llegada a Salta, en una escena que rápidamente generó incomodidad por su tono de sumisión.

Lejos de tratarse de un momento distendido o protocolar, la situación se percibió como un acto de exposición innecesaria, donde el mandatario provincial pareció más preocupado por agradar que por representar institucionalmente a la provincia. La postal fue clara: un gobernador en rol de animador frente a un diplomático extranjero.

La escena no pasó desapercibida dentro del propio oficialismo. El intendente de la capital, Emiliano Durand, presente en el lugar, evidenció gestos de incomodidad ante lo que estaba ocurriendo. No fue el único: el clima general osciló entre el desconcierto y la vergüenza ajena.

No es la primera vez que Sáenz coquetea con este perfil ridículo y de servilismo extremo. Su intención declarada de cantar junto al presidente Javier Milei en un eventual show en el Movistar Arena ya había encendido señales de alerta sobre su necesidad de protagonismo, incluso en terrenos ajenos a la función pública.

Pero esta vez el contexto fue otro. No se trató de una expresión personal o de campaña, sino de un acto institucional, con representación internacional incluida. Y ahí es donde la escena adquiere otro peso: lo que debería haber sido un encuentro diplomático terminó convertido en un espectáculo que dejó más preguntas que certezas.

La imagen de un gobernador cantándole a un embajador extranjero, en un tono que se puede interpretar como genuflexo, expone una forma de ejercer el poder donde la sobreactuación y la búsqueda de aprobación parecen estar por encima de la seriedad que exige el cargo.

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