En la Cámara de Diputados, donde la discusión legislativa debería versar sobre leyes, gestión y control del poder, Mónica Juárez decidió que el tema central es ella misma.
Y si alguien tenía dudas, su intervención en la última sesión terminó de despejarlas. Con su habitual estilo de caballo desbocado, aseguró que el diputado Juan Esteban Romero estaría “obsesionado” con ella y le sugirió terapia.
Lo más grotesco del show llegó cuando intentó justificarse ante las menciones de su cercanía con el exgobernador Juan Manuel Urtubey: “Yo de Juan Manuel Urtubey no puedo decir absolutamente nada, porque cuando yo era periodista y él era gobernador, yo no tenía trato. De hecho, he sido la única periodista que en 12 años ni siquiera le hizo una entrevista”, señaló.
Una declaración que la dejó en evidencia por lo que no dijo: durante 12 años de gobierno, mientras Urtubey y su círculo saqueaban el Fondo de Reparación Histórica, mientras se manipulaban licitaciones, se negociaba con el hambre en el norte salteño, Mónica Juárez se mantuvo en silencio. No preguntó. No publicó. No dijo absolutamente nada.
Claro, no se trataba de que tuviera “trato”. Se trataba de que supuestamente era periodista y eligió callar. Hoy dice que eso la absuelve, pero al contrario: la condena.
Y a partir de ahí, el desvío fue total: lo institucional se evaporó para dar paso a una larga catarsis emocional sobre sus relaciones personales, sus recuerdos, sus cartas documento… y, sí, los chocolates.
“Mario Peña nunca me mandó chocolates. Debo decirlo. Pero el diputado Juan Esteban Romero lo hacía seguido», aseguró, sin inmutarse, como si estuviera revelando un dato de Estado y no hundiendo el debate público en el barro más pueril.
Y así, con tono de víctima, rodeada de enemigos imaginarios y una retórica salpicada de acusaciones sueltas, cerró otra sesión más donde lo importante vuelve a ser lo anecdótico, lo emocional, lo personal.
Lo cierto es que no tiene nada para decir sobre el rumbo político de Salta. Porque lo suyo no es la política. Lo suyo es la autopromoción, la defensa ciega del poder de turno y la pose permanente de indignada.
Al fin y al cabo, es la misma diputada cuyo mayor proyecto legislativo fue impulsar el Día de la Empanada, que jamás ha leído un presupuesto ni redactado una ley relevante, pero que jamás duda en defender a ultranza a Gustavo Sáenz, sin importar el desastre institucional que lo rodea.
Una legisladora conocida más por su ego que por su gestión, por su lealtad al poder que por su compromiso, y por su absoluta ignorancia de los asuntos públicos. Una funcionaria que demuestra, una vez más, que cuando no se entiende la política, se termina haciendo papelones.
Por Susana del Frari
Te puede interesar:
Mónica Juárez y «los ovarios» de una empleada del Gobierno bien remunerada
